Relojes, espeleología y Venture Building
José Antonio García-Argudo comparte una analogía sobre la importancia de medir tiempo en los proyectos de Corporate Venture Building. Tiempo estimado de lectura: 7 minutos.
Relojes, espeleología y Venture Building
“¿Qué hora es?”, pregunta alguien en una sala de juntas. Una docena de muñecas brillan a la vez; todas dicen lo mismo y, sin embargo, nadie siente lo mismo.
Un minuto puede ser un alivio o una condena, un bostezo o un relámpago. Benjamin Franklin dejó un titular perfecto: “El tiempo es la materia de la que se compone la vida”. Y aun así, sospechamos que el tiempo de los relojes y el tiempo de nuestras vidas no coinciden del todo.
1. El Venture Builder, una cueva y dos relojes
En un negocio el tiempo biológico y la sensación del tiempo pueden ser completamente distintos. Como constructores estratégicos trabajamos a contrarreloj para inventar y vender nuevas propuestas de valor. Aunque nuestro trabajo quizá se parezca más a la espeleología que a la construcción.
En 1962, el espeleólogo Michel Siffre descendió a una cueva para estudiar el tiempo sin sol. Apagó la superficie y se quedó con un cuerpo y una conciencia. La crónica de su aislamiento suena a informe policial de la subjetividad: “Tengo la sensación de estar inmóvil y, sin embargo, me siento arrastrado por el flujo ininterrumpido de tiempo”, apunta en sus notas.
El hombre intenta agarrar el tiempo y se le resbala entre los dedos. Cuenta sinfonías de Beethoven como si fuesen granos de arena en un reloj musical, baraja incluso quemar de una vez el cartucho del hornillo porque sabe que aguantaría 35 horas y convertir así el butano en cronómetro casero. Pero nada funciona.
Afuera, sus compañeros descubren algo precioso y lúcido. El cuerpo de Siffre lleva una cuenta exacta: días de 24 horas y media, 16 despierto, 8 y pico dormido. Pero su sensación del tiempo se ha desplazado, como si la conciencia viajara con otro huso horario.
Lo rescatan el 14 de septiembre entre vítores y champán. Protesta. Él creía que aún faltaban días para terminar. “¿Dónde se ha quedado el tiempo?”, pregunta como quien busca un paraguas en el perchero equivocado.
La conclusión es clara: aunque el tiempo corporal rige toda nuestra existencia, no es el tiempo que percibimos. La conciencia crea su propio tiempo: el tiempo interno.
El caso Siffre ilumina un principio clave de gestión de proyectos esclarecedor: hay al menos, dos relojes encima de la mesa. Uno anclado al cuerpo, regulado por fotones y genes; otro, íntimo, repleto de intenciones, KPIs, miedos y promesas. Imagino que la representación gráfica de inventar + vender traducida a espeleología sería algo así:
2. Lean Testing, el valor de la pepita de oro
En las profundidades de la cueva se encuentra una pepita de oro. O mejor dicho: una propuesta de valor por descubrir. El problema es que bajar a la cueva cuesta tiempo, dinero y energía. La pregunta del millón no es si existe la pepita, sino cuánto tardaremos en confirmar que brilla o que era solo mica brillante bajo la luz de nuestras linternas.
El Lean Testing emerge como la brújula del espeleólogo moderno. Eric Ries popularizó el concepto de producto mínimo viable, pero pocos entienden que el MVP no es un producto pequeño, sino un experimento diseñado para aprender rápido. Cada descenso a la cueva debe responder una pregunta concreta: ¿Existe demanda real? ¿Están dispuestos a pagar? ¿Resuelve el job-to-be-done que imaginamos?
En diseño de modelo de negocio, la tentación permanente es enamorarse de una pepita imaginada sin saber su valor real. El Lean Testing obliga a una lógica distinta: reducir el nivel de incertidumbre en el menor tiempo posible hasta dimensionar cómo de grande es la disposición a pagar por la propuesta de valor.
No se trata de acertar a la primera, sino de equivocarse rápido y barato. La pepita de oro existe, pero encontrarla requiere aceptar que la mayoría de nuestras excavaciones revelarán falsos positivos.
3. Entendido el tiempo, ¿cómo lo aceleramos?
La intersección entre Inteligencia Artificial y Venture Building es como si el espeleólogo se tomara 27 cafés. De repente, ciertas tareas que consumían semanas se resuelven en horas. Prototipos de interfaces que demandaban diseñadores y desarrolladores se generan mediante prompts bien estructurados.
El tiempo objetivo se comprime porque las herramientas han multiplicado su potencia. Pero atención: acelerar procesos no equivale automáticamente a acelerar aprendizaje. Puedo usar IA para producir diez variantes de una landing page en una tarde, pero si no tengo un sistema para testearlas con usuarios reales, solo habré creado diez hipótesis sin validar.
La velocidad de producción debe acompasarse con velocidad de validación, o de lo contrario simplemente generaremos más ruido en menos tiempo.
Aquí es donde plataformas como Lovable, Bolt, V0 o Replit transforman radicalmente la ecuación económica del testing. El coste marginal de probar cada hipótesis adicional cada vez es menor. La implicación estratégica es brutal: ahora el cuello de botella no es construir, sino decidir qué construir.
El tiempo ya no se consume en desarrollo técnico, sino en conversaciones con usuarios, diseño de experimentos, interpretación de resultados. El espeleólogo puede explorar diez túneles diferentes en el tiempo que antes dedicaba a uno solo. No porque corra más rápido, sino porque las palas se multiplican.
Y lo más importante: el fracaso se vuelve barato. Si una hipótesis resulta incorrecta, el coste de abandonarla y probar otra es mínimo. La pepita de oro sigue siendo esquiva, pero ahora podemos excavar cien cuevas por el precio de una.
La paradoja final del Venture Building acelerado por IA es esta: tenemos herramientas para movernos más rápido, pero necesitamos la disciplina para movernos de manera más inteligente. No se trata de hacer más, sino de hacer lo que importa con mayor frecuencia y mejor feedback.
Los dos relojes, el objetivo y el subjetivo, deben bailar juntos aunque nunca marquen exactamente la misma hora. Como enseñó Wundt, podemos modular la percepción temporal del equipo ajustando la intensidad de nuestras señales de progreso, pero la única aceleración real viene de aprender más rápido lo que el mercado necesita.
Benjamin Franklin tenía razón: el tiempo es la materia de la que se compone la vida.
En Venture Building, aprender a gestionar nuestros tiempos, tanto el cronológico como el psicológico, determina si construimos empresas o simplemente experimentamos la ilusión de movimiento.
Entre esos dos mundos, armados con Lean Testing, señales claras y herramientas de IA que reducen el coste marginal a casi cero, bajamos una y otra vez, sabiendo que cada descenso nos enseña no solo sobre el mercado, sino sobre cómo percibimos el recurso más escaso: nuestro propio tiempo.
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