Creatividad en tiempos de IA. ¿Es copiar una forma de crear?
Pablo del Olmo comparte una reflexión sobre la forma de crear en tiempos de Inteligencia Artificial. Tiempo estimado de lectura: 9 minutos.
Creatividad en tiempos de IA. ¿Es copiar una forma de crear?
¿Habría Tchaikovsky compuesto su famoso Cascanueces de igual forma si su hermana no hubiera fallecido poco antes de componerlo? Muchos expertos sostienen que fragmentos tan importantes como el Grand Pas de Deux del segundo acto intentan representar el dolor que ocasiona la pérdida de un ser querido.
Creo que todos somos conscientes de que atravesar un trauma imborrable no es en absoluto condición necesaria para crear y trascender. Sin embargo, no es casualidad que gran parte de las obras maestras de la humanidad estén cargadas de historia personal de sus creadores.
La rotura de un dogma
La idea para este artículo me la dio una empresa con la que me crucé por casualidad en LinkedIn: Monumental Labs.
Se trata de una startup estadounidense cuya motivación es reavivar la presencia de la escultura clásica y la arquitectura ornamentada. Tal y como recoge su página web, están: “creando una plataforma de fabricación robótica impulsada por IA capaz de unir la tradición artesanal de las bellas artes con tecnología de vanguardia para hacer accesibles a gran escala la escultura y la arquitectura en piedra”.
Analizando la compañía me surgió la siguiente pregunta:
¿Cómo de importante es la componente humana en el proceso creativo?
Para mí la respuesta es igual de sencilla que la de cualquier pregunta tan poco acotada: depende. ¿De qué? Para mí, de la finalidad y las restricciones de dicho proceso creativo.
¿Cuántos somos capaces de apreciar la diferencia entre pasear por un ensanche del siglo XIX de cualquier ciudad europea y pasear por las interminables y desiertas avenidas de fachadas lisas y colores neutros de un PAU?



Sin embargo, ¿hasta qué punto contemplamos los detalles y no el conjunto? ¿Hasta qué punto la estética y armonía de lo cotidiano residen en lo micro y hasta qué punto en lo macro? ¿Hasta qué punto contribuye lo individual a la calidad de lo colectivo?
Creo que no hay mucha discusión. Sin alguien que hubiera dedicado su tiempo a diseñar los ornamentos de las fachadas o a forjar las barandas de los balcones, el resultado no sería el mismo.
Siendo el pladur, las luces LED, los PAU y la filosofía del “menos es más”, bastante anteriores a Chat GPT, ¿no resulta paradójico que haya sido el hombre quien ha renunciado voluntariamente a su propia esencia, y no la tan temida máquina la que le ha obligado a hacerlo?
El – posible – resurgir de lo bello:
“El minimalismo y el clean look nos están matando el alma”, una frase que le escuché hace poco a Esty Quesada en un podcast – porque me niego a que todas las referencias de este artículo sean igual de pedantes –.
En un mundo donde ya prácticamente nada puede escapar del yugo de la productividad y la inmediatez, tan triste como pueda sonar, hemos intercambiado personalidad por rentabilidad. Y, en este marco circunstancial, yo veo a la Inteligencia Artificial como un potencial remedio para no tener que hacerlo.
Está claro que no es operativo ornamentar fachadas ni hacer balcones de hierro forjado. “Es que hubo una época en la que sí lo era, o al menos no importaba tanto”. Completamente de acuerdo, pero negar la realidad no hace que cambie. Y yo, personalmente, me opongo a un futuro en el que todos los edificios parezcan centros de salud.
¿No tenemos entonces la posibilidad de que empresas como Monumental Labs nos ayuden a preservar el alma de las cosas sin renunciar a la sostenibilidad económica?
Un aliado al que no deberíamos menospreciar:
Si se mira desde el punto de vista del tiempo y los recursos – y hoy en día ya no puede ser de otra manera – la IA, usada adecuadamente, puede suponer la mayor democratización de la experimentación de la historia.
Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de democratizar la experimentación y qué tiene que ver con crear?
La necesidad de realizar iteraciones es inherente a cualquier proceso creativo. El secreto para alcanzar la excelencia no es otro que probar, probar y probar. O ¿es que vamos a fingir que nos creemos que Sorolla, Velázquez o Goya se sentaban delante del lienzo y a base de talento innato obtenían lo que hoy podemos ver expuesto en los museos? Sin bocetar, sin estudiar, sin preparar, sin iterar.


Ni siquiera es necesario hacer referencia a obras centenarias. Incluso algo tan cotidiano y aparentemente sencillo como el logotipo de una empresa lleva horas de pruebas a sus espaldas. Y, en este sentido, la IA tiene la oportunidad de ser el elemento diferencial.
Porque, siendo realistas, la mayoría de las veces crear supone un acto de fe, y es completamente comprensible que en un mundo en el que cada vez menos cosas se hacen por el puro placer de hacerlas, la cantidad de recursos que se esté dispuesto a emplear sea proporcional a la probabilidad de obtener un retorno.
¿Significa eso que vamos a permitir que crear sea un lujo solo al alcance de quién disponga de los recursos para hacerlo? Yo espero que no. ¿Qué tiene de malo apoyarse en la IA para cosas como realizar en pocas horas un brainstorming que en otra época hubiera llevado días?
El miedo a perder la – ya perdida – autenticidad
Entonces, ¿qué tiene de malo?
Es un tema que he tratado ampliamente en mis círculos y en general, el principal motivo de rechazo con el que me he topado es que la IA, al menos de momento, no es capaz de crear sino de copiar.
La copia no solo ha existido desde tiempos inmemoriales, sino que ha sido la base imprescindible de creaciones importantísimas para la humanidad. Incluso el máximo exponente de la multidisciplinariedad y la cultivación, que es el hombre del renacimiento, tiene su origen en la recuperación de los cánones clásicos, no solo artísticos, sino de ciencia y pensamiento.
La ópera Turandot, para muchos expertos el culmen de la obra de Giacomo Puccini, está basada en una comedia del dramaturgo italiano Carlo Gozzi que, a su vez, está basada en una leyenda persa. Y, aun así, Turandot no se entendería sin la esclava Liú, personaje clave con cuya historia Puccini pidió perdón por el suicidio de Doria Manfredi, la joven sirvienta que se quitó la vida por la presión social y las acusaciones de Elvira, esposa del compositor, que aseguraba haberla sorprendido cohabitando con su marido. Finalmente, los médicos terminarían revelando que Doria murió virgen.
¿Dónde se ubica entonces la frontera entre inspiración y copia? Y, dándole una vuelta de tuerca más, ¿quién nos obliga a quedarnos con lo generado por la IA como si tuviera que ser irremediablemente el producto final? Si nuestros predecesores fueron capaces de no limitarse a copiar sino elevar lo ya creado, ¿qué nos impide a nosotros hacer lo mismo?
Para mí no se trata de suprimir el proceso de iteración, ni se trata de dejar de crear para que cree otro. En mi opinión, la clave está en ver a la IA como una herramienta más.
Entiendo que a partir de aquí entramos en un tema de voluntad personal, pero, si no queremos que la componente humana desaparezca, ¿por qué no pensar en formas de evitar que pase? ¿Por qué no, en lugar de intentar ir en contra de las reglas del juego, aprovechar dichas reglas para cumplir nuestros objetivos?
Reflexión final
Lleva varios años estando muy de moda todo el tema del pensamiento lateral. Thinking out of the box que dicen en el mundo anglosajón. Sin embargo, al igual que nuestros antepasados necesariamente tuvieron que estudiar las creaciones previas para poder innovar, ¿no debería ser igualmente necesario, por pura lógica, que primero tengamos que saber qué hay dentro de la caja para poder “pensar fuera de ella”?
¿Es entonces copiar una forma de crear? No lo tengo claro, pero estoy convencido de que es, como mínimo, una importantísima parte del proceso.
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